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¿Qué leemos en el verano?

Aqui hay una variada oferta para todos los gustos, mucho libros de arena… a elegir!!!

Como todos los veranos, una pregunta da vueltas por la cabeza de millones de turistas potenciales: “Y ahora, ¿qué leemos?” El presente informe no intenta encontrar una respuesta definitiva a la cuestión, sino que propone una lista de opciones sugeridas por un grupo de escritores, periodistas y poetas.

No hay interregno vacacional sobre la cadena de lo cotidiano que no suela —por viejas postergaciones, desesperación climática o mandato cultural— enfrentarse en algún momento a la pregunta clave: “¿Qué leer?” Ajenos a los vicios de la mercadotecnia, nacidos del entusiasmo que surge de una vida ligada a la literatura más allá de cualquier estación, estos nuevos escritores, críticos y editores ofrecen sugerencias para las vacaciones bajo una premisa: no se trata de recomendar libros que cumplan con la fantasía de colocar al lector en la cumbre de alguna montaña cultural, ni tampoco en la placidez mórbida del puro pasatiempo. Se trata de recomendar los primeros libros que les vengan a la mente: es decir, los que provocan —y tal vez puedan provocar en otros— placer. El resultado es un mundo de referencias eclécticas, coloridas, arbitrarias, a veces inesperadamente cruzadas; un mundo hecho de tonos locales, internacionales, dramáticos, lúdicos, violentos y poéticos. Un mundo que sin dudas vale la pena ponerse a leer.
“Este verano me llevaría: Barajas (Plaza & Janes), de Alejandra Zina. La protagonista es una azafata durante un vuelo Buenos Aires-Madrid. Una historia simple, narrada con humor y firmeza”, dice la escritora y crítica teatral Celia Dosio. “También llevaría La intromisión (La bestia equilátera), de Muriel Spark. Desafío a cualquiera a leer ese increíble primer párrafo y no seguir hasta el final. Un bonus track: Pigmeo (Mondadori), de Chuck Palahniuk. Me gusta su sensibilidad brutal, el ritmo de su prosa y su violencia para retratar la sociedad en la que vive.”
“Mi primer libro es el Horóscopo Chino 2012 (Atlántida), de Ludovica Squirru”, ataca desde otro frente el poeta cordobés Carlos Godoy. “Para mí el concepto de vacacionar, eso que es ir a la playa, de río o mar, a mostrar el cuerpo descubierto y blanco, es tirarse a leer el Horóscopo Chino de Squirru. Es una buena forma de asimilar ese instante en el que creemos detener el tiempo que llamamos veraneo: tejiendo matrices de proyección para el retorno al infierno”, explica el autor de Escolástica Peronista Ilustrada. “El segundo es para leer bajo el sodomizante calor latino y dejarse conmover por el gran relato de la década menemista que no fue en prosa, sino en verso. Punctum, de Martín Gambarotta (Mansalva), que narra la década del ’90 desde el foco de los verdaderos soldados generacionales que sufrieron la estigmatización de esa guerra: la juventud crítica.”
Exploradora de nuevas narrativas, Alejandra Laurencich recomienda la revista-libro La Balandra. “El lector no sólo va a encontrar toda la trastienda de cómo se escribe un libro, cómo comenzaron a escribir algunos grandes autores nacionales, qué leen, qué piensan de su oficio, sino además recomendaciones de libros nuevos y viejos”, dice. “También meter en el bolso un ejemplar de la novela Placebo (Entropía) de José María Brindisi, una lectura que atrapa casi desde la primera página.”
Alejandro Soifer, en cambio, apuesta a la ciencia ficción. “Recomiendo Ready Player One (Ediciones B) de Ernest Cline, una novela adictiva sobre un futuro apocalíptico en el que la vida pasa por un simulador de realidad virtual estilo Second Life, pero mucho más extremo. Plagada de referencias a la cultura pop de los años 80 y 90, es un viaje de ida lleno de buenos momentos”, entusiasma el autor de El último elemento peronista. “Otra recomendación es Juego de Tronos (Plaza & Janes), el primer volumen de la serie de novelas del estilo “espadas y hechicería” de George R. R. Martin. La saga plantea un verdadero juego de poderes, con alianzas y política de alto nivel en un mundo donde la magia existe pero no gobierna.”
“Kryptonita (Mondadori), de Leonardo Oyola, porque es casi como leer un western. En realidad, cualquier libro que consigan de Oyola va a ser bueno, pero este es nuevo, está en todos lados y es especialmente entretenido”, dice sin dudas Carolina Aguirre, que acaba de publicar El efecto Noemí. “Lo mejor de la vida (Lumen), de Rona Jaffe, para quienes sean fanáticos de Mad Men. No es una gran joya literaria, pero es la novela de la que tomaron muchas de las historias, personajes femeninos y giros de época de la serie. La sensación, al leerlo, evoca mucho la de estar mirando algún capítulo.”
“Recomiendo Kryptonita porque es simplemente la mejor novela argentina de 2011. Original por donde se la mira, divertida, y con una serie de guiños a los lectores de historietas (entre los que me encuentro) que aumentan el placer de su lectura”, coincide Diego Grillo Trubba, que el año pasado publicó la segunda parte de su saga histórico-policial “Crímenes coloniales” “Juego de Tronos, de George R. R. Martin. También lo recomiendo porque devuelve al género de la fantasía heroica a los primeros planos, donde no estaba desde J. R. R. Tolkien (ahora que lo pienso, habría que analizar el uso de iniciales en el género)”.
Alejandra Zina vuelve a la ciencia ficción. “Una nueva raza de humanos nace con pupilas violetas y el don de hablar con los muertos, para algunos es un privilegio, para ellos es una amenaza. Ojos violetas (Mondadori), de Stephen Woodworth, es la muestra perfecta de cómo cruzar el policial con la ciencia ficción y lograr una historia maravillosa. También recomiendo descubrir las novelas de Carlos E. Feiling, especialmente El mal menor (Planeta), la mejor historia de terror en la Buenos Aires de los años ’90”, aconseja la autora de Barajas.
“La vista desde el puente (Estuaria Editora) del uruguayo Ramiro Sanchiz. Mezcla novela negra, novela familiar, novela de tesis y genera una ucronía donde Artigas se transforma en emperador loco y conquistador de la Argentina y el sur de Brasil. Aparte, el Conde de Lautréamont es un asesino serial, los Beatles no existen y una secta esotérica está matando líderes aborígenes. Con ese escenario, el crítico Federico Sthal intenta reencontrarse con la figura de un padre suicida. Uno de los mejores libros de 2011 en lengua española”, recomienda Juan Terranova. Entre los argentinos, el elegido por el autor de los ensayos online de La masa y la lengua es Federico Falco y Cielos de Córdoba (Editorial Nudista). “Tino, el protagonista, frecuenta a una mujer ciega en un hospital mientras espera que su madre recupere la salud. Al mismo tiempo, su padre intenta avistar ovnis. Una novela breve y sensible, ideal para pasar unos días en la montaña”.
Violeta Gorodischer, autora de Los años que vive un gato, también vota por Falco. “Una opción es La hora de los monos (Emecé). Si algo tiene este escritor cordobés es la virtud de armar universos propios, inquietantes e innovadores”, explica. “Entre los más clásicos: Bryce Echenique. Escritor peruano que, para muchos, forma parte del canon latinoamericano y que en lo personal antepongo a Vargas Llosa. No dejen de leer Un mundo para Julius (Anagrama).”
Especialista en el género, Sebastián Robles no duda a la hora de recomendar Ubik (La factoría de ideas), de Philip K. Dick. “Yo estoy vivo y ustedes están muertos, dice un graffiti que encuentran los protagonistas en la pared de un baño al promediar la novela, tal vez la más lograda de uno de los autores más brillantes de la ciencia ficción”, dice el autor de Los años felices. “Para contrarrestar el efecto de las realidades virtuales de Dick, Los mantenidos (Funesiana), de Walter Lezcano. Con un relato ameno y nada autocomplaciente, el narrador reconstruye su trayectoria vital desde la partida del hogar materno. Una novela honesta y por momentos conmovedora. Muy recomendable.”
“Cuando editamos Varadero y Habana Maravillosa (Tamarisco), una chica, que usualmente no lee, me dijo cosas emocionantes sobre el libro. Le había parecido, ‘rarísimo’, por momentos ‘desopilante’ y no había podído dejar de leerlo incluso cuando el viento se encastraba entre las páginas y la arena era un milimétrico proyectil dirigido a los ojos”, dice por su lado la escritora y editora Sonia Budassi. “Si yo no leyera, igual me hubiera fascinado Pigtopia (Mondadori), de Kitty Fitzgerald. Por último, Hay ciertas cosas que una no puede hacer descalza (Planeta), de Margarita García Robayo, y Tenemos que hablar (Plaza & Janes), de Celia Dosio, son ideales para la biblioteca inmaculada. Pero pueden ser mejores si en sus paginas hay manchas de mate, sal, o un dejo de aceite de protector solar.”
“Recomiendo Los años felices (Pánico el Pánico), la novela de Sebastián Robles”, dice Ignacio Molina. “Capítulos cortos, con una prosa sencilla, directa y efectiva, narra en primera persona la vida de un adolescente durante la década del noventa. Para la playa también recomiendo El palacio de la Luna (Anagrama), de Paul Auster”, dice el autor de Los modos de ganarse la vida.
Sólido entre los recomendados, Leo Oyola vuelve por consejo de Gabriela Cabezón Cámara. “Me regalaría Kryptonita, uno de los mejores alcoholes de la cosecha 2011 de la literatura nacional: no sólo por su lenguaje, que es una especie de poesía hecha con el habla del Conurbano bonaerense; no sólo por su historia ni su protagonista, curiosamente el único que casi no dice nada, un Superman matancero que lleva en su cuerpo la paradoja de ser un superhéroe en una periferia hiperviolenta. La leería por todo esto y también porque, entre tiros y camillas, el libro reflexiona sobre cuestiones tan universales como la posibilidad o la imposibilidad de ser en el lugar en el que uno nació y las diversas maneras de ser padre”, cuenta la autora de La Virgen Cabeza.
Fiel al género policial, Javier Sinay recomienda Mi nombre es Zero Galván (Del Nuevo Extremo). “Algunas palabras justifican una lectura entera. Por ejemplo, las que inician esta novela de Eugenio Zappietro, alias Ray Collins: ‘Hay un silencio de pájaros en toda muerte…’. Por otro lado, recomiendo Historia del baile (Gourmet Musical), de Sergio Pujol. Al salir llamó la atención de un arco de lectores que iba desde los historiadores hasta los bailarines —imagínense todo lo que hay en el medio—, y se agotó. Pujol estudia las causas y las consecuencias sociales en el auge del tango, del charleston, del swing, del fox-trot, del jazz, del chamamé, del bolero, del rock y del tecno; y lo hace con un zurcido que combina la alta y la baja cultura, la normalización de los cuerpos y el uso del ocio”, explica el cronista de Sangre joven. “Como en general la gente va a la playa para estar quieta, recomiendo dos libros que obligan a grandes desplazamientos. En el primero, Marco Polo le describe a Kublai Kan, emperador de los Tártaros, las ciudades de su imperio. Ítalo Calvino aclara en la nota preliminar que Las ciudades invisibles (Siruela) son ciudades inventadas pero que sirven para reflexionar sobre cualquier ciudad”, propone la poeta Florencia Parodi. “El segundo es Los pasos perdidos (Losada) de Alejo Carpentier. El personaje emprende un viaje en busca de unos instrumentos musicales aborígenes, en el camino pasa por un pueblo donde empieza una revolución tan zarpada como la que puede imaginar un cubano barroco, y después se interna en la selva y en el amor de una mujer de otro mundo.”
Cecilia Szperling dispara dos recomendaciones: “El Mármol (La bestia equilátera) de César Aira, que tiene huellas de Borges y de Proust pasadas por Bob Esponja. El otro es Pétalos (Anagrama), de Guadalupe Nettel, cuentos con una leve perversión seductora, como si te contaran un secreto de esos que se alojan largo rato en tu oído, te cambian el humor del día y que sería conveniente no contarle a nadie.”
La poetisa Malena Rey, por su parte, apuesta a las autobiografías: “Me parece un buen momento para leerlas de un tirón, aprovechando que hay tiempo para detenerse en la vida de los otros y en un tipo de escritura que muestra cómo se forma una sensibilidad. Recomiendo el diario del cineasta experimental Jonas Mekas, Ningún lugar adonde ir (Caja Negra), en el que narra su exilio de Lituania a través de los campos de refugiados de la Alemania de posguerra y su llegada a Nueva York. Y la autobiografía de Vladimir Nabokov, Habla, memoria (Anagrama), donde rememora su infancia y sus amores adolescentes, lleno de pistas y detalles sobre sus grandes pasiones: la literatura y las mariposas.” Por último, Mariana Enriquez sugiere, primero, un clásico contemporáneo: “It, de Stephen King. King tiene mejores y más redondos libros, pero ninguno es tan hipnótico, adictivo y emocionante. Un libro sobre intentar aliviar los traumas infantiles, pero no poder curarlos nunca: ese es el terror del que se alimenta este libro fantástico. La otra recomendación es La maravillosa vida breve de Oscar Wao, de Junot Díaz (Mondadori). Está entre los mejores libros que leí en los últimos diez años.”

Fuente: Tiempo Argentino

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